Fecha publicación 15/04/2026
Persona trabajando en un ordenador
Descripción

La información medioambiental accesible, actualizada e interoperable ya no es solo un recurso técnico: es una herramienta de seguridad, bienestar y poder ciudadano frente a la emergencia climática.

Cada vez que una persona asmática consulta el nivel de partículas en suspensión antes de salir a correr, o cuando un ayuntamiento decide cerrar un parque infantil por un episodio de contaminación, hay datos abiertos detrás de esa decisión. Los datos medioambientales y climáticos abiertos —sobre calidad del aire, agua, biodiversidad o fenómenos extremos— han dejado de ser patrimonio exclusivo de científicos y científicas e instituciones para convertirse en una infraestructura cívica global: accesible, reutilizable y, cada vez más, generada por la propia ciudadanía.

La pregunta ya no es si estos datos existen. Existen y en cantidades sin precedentes. La pregunta es: ¿quién los usa y para qué? Este artículo recorre ese ecosistema de información, desde las plataformas globales hasta los repositorios locales, pasando por proyectos ciudadanos que han transformado nuestro entorno.

El giro ciudadano: de consumidores a productores de datos

Durante décadas, los datos medioambientales procedían principalmente de agencias estatales, satélites gubernamentales y grandes laboratorios. Ese panorama empezó a transformarse cuando los sensores se abarataron, los teléfonos inteligentes se masificaron y las comunidades organizadas entendieron que medir su entorno también era una forma de protegerlo y de protegerse. De esta forma, la información generada por la ciudadanía se suma a la de los organismos públicos, ampliando y enriqueciendo la comprensión colectiva del medio ambiente. Algunos ejemplos son:

  • iNaturalist, la plataforma de ciencia ciudadana para documentar la biodiversidad, acumula más de 200 millones de observaciones, realizadas por 3,3 millones de participantes en todo el mundo. Sus datos, integrados en GBIF (Global Biodiversity Information Facility), se utilizan en la investigación de conservación, en el seguimiento de los impactos del cambio climático y en las políticas de biodiversidad en decenas de países.
  • IQAir AirVisual es otra red mundial de calidad del aire, con más de 30.000 estaciones y datos en tiempo real de más de 100 países, que incluye mapas, previsiones de 7 días y recomendaciones para grupos vulnerables.
  • GLOBE Observer de la NASA lleva desde 2016 permitiendo a cualquier persona registrar desde su móvil observaciones sobre nubes, temperatura, cobertura del suelo y hábitats de mosquitos —un indicador crítico para detectar focos de enfermedades vectoriales agravadas por el calentamiento global.
  • Meteoclimatic es una red colaborativa de estaciones meteorológicas automáticas que comparten datos en tiempo real, centrada en la península Ibérica y zonas cercanas.

Estos proyectos ponen de manifiesto que la ciudadanía ya no solo consume datos: también los produce, los valida y los pone a disposición pública.

Casos que cambian políticas: del dato ciudadano a la decisión pública

Uno de los prejuicios más persistentes sobre la ciencia ciudadana es que sus datos son demasiado imprecisos como para tener un impacto real o siquiera para considerarse ciencia. Varios proyectos recientes cuestionan ese argumento y están impulsando que la creencia cambie.

El proyecto europeo COMPAIR, financiado por el programa Horizonte Europa entre 2021 y 2024, desplegó sensores ciudadanos de calidad del aire en cinco ciudades: Atenas, Berlín, Flandes, Plovdiv y Sofía. Los sensores ciudadanos son dispositivos de medición ambiental de bajo coste (aire, ruido, temperatura, agua, etc.) que la propia ciudadanía instala, mantiene y utiliza para generar datos abiertos sobre su entorno inmediato. Estos sensores se instalaron en barrios y espacios utilizados por comunidades romaníes, personas mayores y escolares. Esta elección pretendía visibilizar exposiciones al riesgo que suelen quedar fuera del radar (por ejemplo, rutas escolares con tráfico intenso o barrios periférico insuficientemente  monitorizados) y aportar datos adicionales que permitieran a las administraciones diseñar medidas dirigidas a quienes respiran el aire más contaminado. En Sofía, por ejemplo, la publicación de mapas de contaminación en los accesos a los colegios derivó en un aumento documentado del uso del transporte público escolar; un proyecto de datos ciudadanos que cambió un comportamiento colectivo.

Los datos ciudadanos, además, cuando respetan las condiciones metodológicas y legales, pueden ser admisibles ante los tribunales y contribuir a mejorar las políticas. Es precisamente ese tipo de uso el que desarrolla el proyecto Sensing for Justice (SensJus): una iniciativa Marie Curie —un prestigioso programa europeo de financiación para la investigación— que utiliza redes de sensores ciudadanos como prueba en litigios ambientales y en mediaciones extrajudiciales, con casos de éxito documentados en Estados Unidos e Italia.

Proyectos situados en contextos más cercanos

El activismo de datos medioambientales o climáticos no es un fenómeno lejano. España cuenta con una red creciente de iniciativas que llevan la medición ambiental a escala de barrio, río y tejado.

Smart Citizen, creado por el Fab Lab Barcelona del Instituto de Arquitectura Avanzada de Cataluña (IAAC), es uno de los proyectos de referencia mundial en citizen sensing: combina un kit de sensores de bajo coste —calidad del aire, temperatura, humedad, ruido, luz— con una plataforma de datos abierta en tiempo real. Con más de 9.000 usuarios y usuarias registrados/as y más de 1.900 sensores desplegados en más de 40 países, demuestra que la monitorización ambiental ciudadana puede tener alcance global a partir de una iniciativa local. SensaCitizens, por su parte, es una red española de monitores ambientales de bajo coste, con tecnología LoRaWAN, orientada a generar datos útiles para políticas públicas locales sobre la calidad del aire y el confort urbano.

En el ámbito de la salud cotidiana destaca Planttes, una app desarrollada por la Universidad Autónoma de Barcelona que permite a la ciudadanía mapear en tiempo real las plantas alergénicas de su entorno e indicar su estado fenológico. El resultado es un mapa de riesgo de alergia a nivel de calle que complementa la información oficial de pólenes.

La vigilancia fluvial, por su parte, se manifiesta en el Proyecto Ríos de Cantabria, activo desde 2008, que involucra a voluntarios que adoptan tramos de río de unos 500 metros y realizan inspecciones bianuales para monitorizar el estado ecológico del río. Con 282 tramos inspeccionados y más de 300 acciones documentadas, sus datos alimentan las decisiones de la Administración en materia de conservación de ecosistemas.

En el ámbito urbano también existen diversas iniciativas. Vitoria-Gasteiz participó en el proyecto europeo CITI-SENSE —junto a otras ocho ciudades, como Barcelona, Oslo y Viena— con una iniciativa específica de diseño participativo de espacios públicos, que combinaba sensores de ruido, calidad del aire y confort térmico. En total, el proyecto generó más de 9,4 millones de observaciones en las ciudades participantes.

En el ámbito ciudadano y local, el recién presentado SolData Spain (Universidad Autónoma de Madrid) ofrece un geoportal de acceso abierto para analizar la evolución de la energía solar en España durante casi tres décadas, al cruzar datos de irradiación satelital con registros meteorológicos históricos.

El siguiente visual resume los proyectos mencionados hasta ahora:

Infografía titulada “Datos abiertos y ciencia ciudadana para luchas contra el cambio climático”. Presenta proyectos ciudadanos para generar datos, divididos en dos columnas.  En la sección “Internacionales” aparecen:  iNaturalist: plataforma de ciencia ciudadana sobre biodiversidad. IQAir AirVisual: red mundial de calidad del aire. GLOBE Observer de la NASA: observaciones de mosquitos. Meteoclimatic: red colaborativa de estaciones meteorológicas.  En la sección “Participación española” aparecen:  Smart Citizen: monitorización ambiental ciudadana para calidad del aire y confort urbano. Planttes: mapeo en tiempo real de plantas alergénicas. Proyecto Ríos de Cantabria: vigilancia fluvial para conservar ecosistemas. CITI-SENSE: diseño participativo de espacios públicos con sensores de ruido, aire y temperatura. SolData Spain: análisis de la evolución de la energía solar en España.  Abajo, otra sección titulada “Proyectos que ponen en valor los datos ciudadanos” incluye:  COMPAIR: sensores ciudadanos de calidad del aire en zonas poco monitorizadas. Sensing for Justice (SensJus): redes de sensores ciudadanos usadas como prueba en litigios ambientales y mediaciones.  Nota al pie explica que los sensores ciudadanos son dispositivos de medición ambiental de bajo coste instalados y utilizados por la ciudadanía. Aparece el logotipo de datos.gob.es.

Figura 1. Datos abiertos y ciencia ciudadana para luchas contra el cambio climático. Fuente: elaboración propia - datos.gob.es

La empresa también actúa: adaptación climática con datos abiertos

La crisis climática no solo es un problema ambiental y social, sino también un riesgo operativo para las empresas. Según el informe Utility Transformation Profile de la Smart Electric Power Alliance (2023), el 62% de las utilities eléctricas encuestadas han desarrollado un plan público de reducción de carbono —mitigación—, pero las medidas de adaptación climática siguen siendo escasas y rara vez cuantificadas. No obstante, encontramos algunos ejemplos:

Meteoflow, de Iberdrola, es una plataforma de predicción meteorológica, reconocida por el International Research Centre on Artificial Intelligence (IRCAI) vinculada a la UNESCO, entre los mejores proyectos de IA para la sostenibilidad. Su función es optimizar la producción de sus parques eólicos y solares anticipando las condiciones meteorológicas, aunque también incorpora módulos de alerta ante fenómenos extremos que le permiten gestionar riesgos. Para ello utiliza información meteorológica de acceso abierto junto a datos propios, tanto históricos como de producción en tiempo real.

Otro ejemplo es Solarmap de dotGIS, que combina datos abiertos de cartografía (CNIG/INSPIRE), de radiación solar (AEMET/Copernicus) y de big data geoespacial para calcular la rentabilidad por tejado de instalar paneles solares en cualquier punto de España.

Se trata de iniciativas que tienen un impacto en la resiliencia operativa de las empresas y un potencial beneficio para el sistema energético colectivo, pero cuyo alcance transformador crece cuando sus resultados trascienden la lógica de protección de los activos corporativos para integrarse en la infraestructura pública compartida. En el sector privado, los datos (abiertos o no) pueden contribuir a reducir riesgos colectivos —como evitar apagones o anticipar impactos sobre los ecosistemas—, de modo que su impacto no se limita a la protección de activos corporativos. Su potencial cívico se multiplica cuando los resultados, metodologías y conjuntos de datos a los que sea posible acceder se integran en infraestructuras de datos compartidas con otros actores públicos y sociales.

Hacia dónde vamos: tres tendencias que redefinen la seguridad

El paisaje de los datos medioambientales y climáticos abiertos está cambiando, y tres tendencias marcan el horizonte próximo.

  • De la mitigación a la adaptación. Durante años, la política climática se centró en reducir emisiones. Ese foco se está desplazando hacia la adaptación: anticipar riesgos, reducir vulnerabilidades y proteger a las comunidades frente a cambios ya irreversibles. Euskadi es un ejemplo de este giro: la Estrategia de Cambio Climático de Euskadi 2050 (KLIMA 2050) establece la adaptación como eje transversal con objetivos por sector —salud, agua, biodiversidad, energía—, y Vitoria-Gasteiz lidera compromisos en el marco de la Misión Europea de Ciudades Climáticamente Neutras. El salto es también es un avance en datos abiertos:: además de medir y publicar datos abiertos sobre las emisiones, las estrategias de adaptación empiezan a abrir y documentar datos sobre vulnerabilidades (olas de calor, inundaciones, salud pública) y capacidades de respuesta institucional y comunitaria, de forma que puedan ser reutilizados por administraciones, empresas y ciudadanía.
  • La ciudadanía como centinela cívica. La ciudadanía actúa cada vez más como centinela cívica (civic sentinel): recopila, contrasta y comparte datos ambientales que complementan las mediciones oficiales. Cuando el vecindario  de una ciudad detectan niveles de contaminación que las estaciones oficiales no registran, o cuando una comunidad indígena documenta cambios en su ecosistema que los satélites no capturan, se genera una segunda capa de información crítica para la gestión de riesgos. Proyectos como OpenTEK / LICCI del ICTA-UAB integran saberes indígenas de Nepal, Tailandia, Vietnam y países de América Latina como fuentes científicamente legítimas de datos sobre la variabilidad climática, y los ponen a disposición bajo principios FAIR y CARE, buscando que sean lo más abiertos y reutilizables posible sin comprometer la soberanía de las comunidades que los generan.
  • Estándares FAIR y espacios de datos europeos. La Unión Europea impulsa el Green Deal Data Space y la iniciativa AD4GD para integrar datos ambientales abiertos bajo estándares FAIR (findable, accessible, interoperable, reusable), que faciliten su uso combinado por múltiples actores. En este marco, el Informe de Prospectiva Estratégica 2025 de la UE identifica la transición climática y la seguridad como los dos ejes que ejercen mayor presión sobre Europa, y subraya la necesidad de infraestructuras de datos compartidas basadas en esos principios para responder con resiliencia.

Los datos abiertos medioambientales y climáticos no son solo una cuestión técnica ni una aspiración de transparencia burocrática. Son, cada vez más, una condición para que las comunidades puedan anticipar riesgos, exigir responsabilidades y tomar decisiones colectivas bien fundamentadas frente al mayor desafío. La infraestructura existe. La ciudadanía que la usa, también, por lo que hay que seguir impulsando para lograr que su uso sea universal y equitativo.

Anexo: ¿Dónde están los datos? Una guía práctica de repositorios

Para quien quiera explorar, reutilizar o combinar datos medioambientales y climáticos abiertos, el ecosistema de repositorios es amplio y cada vez más accesible. Aquí una selección organizada por escala:

A escala europea:

  • data.europa.eu: catálogo europeo de datos, donde se pueden encontrar, entre otros, datos sobre aire, agua, biodiversidad, clima y energía, con casos de uso documentados
  • Copernicus C3S: datos climáticos históricos y proyecciones; variables esenciales del clima.
  • Copernicus CAMS: datos sobre calidad del aire y composición atmosférica en tiempo real.
  • ESA CCI Open Data: variables climáticas esenciales sobre glaciares, nivel del mar, gases de efecto invernadero, etc.
  • European Environment Agency (EEA): indicadores ambientales, mapas de riesgo climático, biodiversidad y calidad del agua.
  • INSPIRE : es el punto de acceso central para localizar, visualizar y acceder a la información geográfica y a los datos espaciales armonizados de los países miembros de la Unión Europea.

Puedes encontrar más repositorios de interés en este artículo 10 repositorios de datos públicos relacionados con el clima.

A escala estatal:

  • datos.gob.es: portal nacional de datos abiertos con una sección sobre medioambiente.
  • AEMET OpenData: series climatológicas históricas, datos meteorológicos en tiempo real, API REST, etc.
  • MITECO Datos Abiertosdatos sobre calidad del aire, agua y emisiones.
  • Geoportal IDEE: datos geoespaciales y cartografía ambiental nacional, entre otros.

Contenido elaborado por Miren Gutiérrez, Doctora e investigadora en la Universidad de Deusto, experta en activismo de datos, justicia de datos, alfabetización de datos y desinformación de género. Los contenidos y los puntos de vista reflejados en esta publicación son responsabilidad exclusiva de su autor.